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Tarta al limoncello

Tarta al limoncello de Osteria la Chitarra #Napoles #Italia

Como les comenté hace ya un tiempo en mi post sobre Nápoles, la noche antes de regresar a Miami cenamos en la Osteria la Chitarra. La atención fue maravillosa y la comida de las más ricas que he comido en Italia. Su dueña, Anna Maria me dio unas cuantas recetas esa noche, algunas las anoté y esta de la tarta al limoncello que les traigo hoy, me la escribió con su puño y letra.

Esa noche mi esposo y yo compartimos todo. No teníamos mucha hambre pero la carta prometía y queríamos probar unos cuantos platos. Pedimos un antipasto con frittata di cipolle (tortilla de cebolla), bocconcini de fiori di lette (bolitas de queso fresco), salami, verduras y polpettine di pane fritto (croquetas de pan, que luego les enseñaré a hacer también). De primer plato compartimos Paccheri alardiati, paccheri es la forma de la pasta y la salsa estaba hecha con tomates, manteca de prosciutto y Pecorino, una maravilla. De segundo plato compartimos Peperone imbottito al forno, un pimiento rebosado y horneado, relleno con berenjena salteada, alcaparras y queso provolone. Y de postre esta tarta, que la verdad no nos cabía y ni siquiera estaba en el menú por aquel entonces, pero Anna Maria insistió en que la probáramos, pues la había hecho ella, y no pudimos negarnos. Enhorabuena la pedimos. Fue amor a primera cucharada y cuando ustedes la prueben les va a pasar igual. Ya algunos amigos la han probado en casa y uno de ellos le puso Tarta di Dio (Tarta de dios).

comida-osteria-chitarra

Importante, hacerla con margarina y no con mantequilla. Una hora antes de comenzar a preparar la tarta, saca del refri la margarina y los huevos.

Si tienes unas varillas eléctricas o una KitchenAid, esta tarta se prepara bastante rápido. Da para 12 raciones y se sirve tibia. Puedes calentarla al día siguiente poniéndola unos 3 minutos al horno a 350⁰F (180⁰C). Dura hasta 1 semana si una vez fresca la guardas tapada el refrigerador.

Tarta al limoncello

Ingredientes

1 cda de mantequilla o aceite en espray para engrasar el molde
8 bizcochos savoiardi (los que se usan para el tiramisú)
4 huevos
300 g de azúcar
250 g de harina
100 g de margarina a temperatura ambiente
1 cdta de polvo para hornear
1 shot de limoncello
750 g de queso Ricotta fresco (de pote)

Tarta al limoncello  #RecetaItaliana

Preparación

Engrasa un molde desmontable con mantequilla o aceite en espray.

Precalienta el horno a 350⁰F (180⁰C).

Tritura los bizcochos y resérvalos, dividiéndolo en dos porciones iguales.

Separa las yemas de las claras de huevo. Monta las claras, batiéndolas unos 5 minutos a velocidad medio-alta y resérvalas.

Bate las yemas con la mitad del azúcar hasta que comiencen a cambiar de color -o sea, a ponerse blanco. Agrega la harina, la margarina, el polvo para hornear y la mitad del limoncello. Mezcla bien todo a velocidad media. Agrega las claras montadas con movimientos envolventes. Queda una masa bastante espesa. Divídela a la mitad.

En un cuenco, mezcla la Ricotta con el resto del azúcar y del limoncello.

Llegó el momento de montar la tarta. Cubre el fondo del molde con una de las mitades de la masa con harina, espolvorea sobre esta una de las mitades de bizcocho triturado, añade la mezcla con ricotta en una capa uniforme pero sin llegar a las paredes del molde. Agrega el resto de los bizcochos y la otra mitad de la masa.

Hornea 55 a 60 minutos.

Coloca el molde sobre una parrilla unos 15 minutos para que se refresque un poco la tarta. Retira entonces el aro del molde desmontable. Sirve tibio. Puedes espolvorearlo con cristales de azúcar amarillos y/o azúcar glas.

Si vas a recalentarlo luego, calienta solamente lo que vayas a comer.

P.D. Anna Maria, grazie mile per questa torta maravillosa.

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Con Anna Maria.

 

Un día en Nápoles

centro

Hace un par de años visitamos varias ciudades del norte de Italia y me quedé con muchas ganas de volver, entre otras cosas por la comida; pero esta vez tenía pocos días de vacaciones y la gira sólo incluía 3 ciudades muy cercanas del sur: Nápoles, Amalfi y Sorrento. Hoy les contaré de mi estancia en la primera ciudad y luego les contaré del resto.

Cuando compré el pasaje tomé a Nápoles como punto de partida y de retorno solamente. Lo que quería era recorrer la Costa Amalfitana, pues necesitaba estar en lugares en los que pudiera relajarme y siempre había escuchado que esta ciudad era un poco loca. Luego, a medida que leía la guía de la región pensé que me había equivocado, pues hay tanta historia y tanto que ver allí.

Cuenta la leyenda, que la ciudad se levantó en el sitio al que el mar arrojó la sirena Parténope, desdeñada por Ulises y que la ciudad pudo ser fundada en el año X a.C. Lo que sí está comprobado, es que los griegos construyeron cerca una ciudad a la que nombraron Neápolis (ciudad nueva) que se convirtió en gran centro comercial. Luego vinieron los romanos, nos normandos y finalmente los españoles, hasta 1860 que se produjo la Unificación de Italia.

Llegamos a Nápoles una noche lluviosa y subimos al taxi que nos llevaría del aeropuerto al hotel sin preguntar cuánto nos costaría. Error. Había leído que costaba entre 12 y 24 euros y el taxista nos cobró 30, 25 por el viaje y 5 por las maletas. Nos enteramos demasiado tarde como para bajarnos del auto en medio de la lluvia.

Nuestro hotel, el Decumani Hotel de Charme, había sido el palacio del último cardenal del tiempo de los Borbones. Un edificio imponente con patio interior, un poco en mal estado que me recordó enseguida un solar habanero pero con olor rico a comida saliendo por todas las ventanas. Sin embargo, el segundo piso, que era el que ocupaba el hotel se conservaba muy bien. Las habitaciones eran amplias, limpias y decoradas con muebles antiguos.

La señora que nos recibió nos recomendó dos restaurantes cercanos para la cena, La Taverna dell’ Arte y Osteria La Chitarra. Nos decidimos por el primero y el segundo lo dejamos para la noche que pasaríamos en la ciudad antes de regresar a Miami, pues nos quedaríamos en el mismo hotel.

La comida de La Taverna fue fabulosa, compartí con mi esposo un antipasto que incluía berenjenas y calabacines al grill y salteados respectivamente, cuadritos de polenta frita y croqueta de papas. Las croquetas hechas de este modo son típicas de esta zona, yo no tenía idea. También compartimos una pasta con fungi porcini y un bacalao a la brasa que demoró muchísimo pero disfrutamos una barbaridad. El vino de la casa estaba delicioso y nos atendieron muy bien. No tengo fotos de esta comida porque había muy poca luz y nosotros teníamos mucha hambre.

Después de un desayuno muy bien surtido a la mañana siguiente, en un salón majestuoso del hotel, nos dirigimos al Convento de Santa Chiara (Santa Clara) y a la iglesia homónima que quedaba al lado. La primera piedra del convento fue colocada por Roberto de Anjou y en la iglesia yace su cuerpo y los de sus familiares allegados. Mi parte preferida fue pasear por el claustro azulejado y sus jardines.

santa clara convento

De ahí salimos a caminar por Spaccanapoli, el centro antiguo. Ya iba levantando el día y la calle se llenaba cada vez más de gente y de motocicletas, pero hay calles peatonales que resultaron ser un alivio, como lo fueron todas las iglesias y restaurantes a los que entramos. Constantemente zumbaban las Vespa pasando por nuestro lado y en todas partes había leído que había que asegurar bien la cartera o salir sin una.

tumbas

Visitamos la iglesia San Domenico Maggiore, en la que se encuentran las tumbas de los jerarcas y dignatarios de la corte de Aragón. Los féretros están en un balcón de una de las capillas y sobre ellos se pueden ver las coronas. Allí también está enterrado el primer obispo de New York.

sotteranea

Entramos a ver la ciudad soterrada, que no es lo mismo que la ciudad Sotterranea (subterránea) y están muy cerca una de la otra. La soterrada es parte del Complesso Monumentale di San Lorenzo Maggiore. Debajo de la iglesia del mismo nombre se pueden visitar las ruinas de lo que una vez fue el agorà, centro vital de la ciudad, que luego se convertiría en el foro romano, con lo que una vez fueron dulcerías, tiendas de vino, lavanderías y almacenes. Impresionante.

ruinas

Nos quedamos sin ver la segunda, que es donde se encuentra el acueducto, porque ya teníamos hambre y quería almorzar en L’antica Pizzería de Michele, que es el sitio al que va a comer Elizabeth Gilbert cuando visita la ciudad, según cuenta en sus memorias, Come, reza, ama. Imposible. La cola en la pizzería era digna de un restaurante habanero en mis tiempos de universidad, con espera de tres horas, tickets y un gran bullicio al frente. Y después dicen que la gente no lee. Consuelo no faltó por ese lado.

pizzeria michele

Vimos cerca otra pizzería llamada Trianon y hacia allá nos dirigimos. Había sido fundada en 1923 y es un lugar muy acogedor, de dos pisos, con horno de leña, gente amable y pizzas divinas con un menú amplísimo para escoger los ingredientes. Pedimos la clásica Margherita y una de 7 quesos que estaba de muerte. Acompañamos con Nastroazurro y quedamos requetesatisfechos y encantados.

Trianon

Para bajar el almuerzo decidimos caminar hasta la costa. Salimos a la zona del puerto y no encontramos una calle que llevara al mar. De regreso pasamos por un mercado callejero en el que lo mismo vendían frutas que pescado, zapatos, juguetes, flores y hasta cigarrillos al estilo de Sofía Loren en Ayer, hoy y mañana. Una zona un poco sucia y descuidada que se encuentra en una calle paralela a la estación de trenes Napoli Centrale. De regreso nos perdimos y fuimos a parar a un barrio que nos asustó un poco, pero finalmente salimos a una de las calles que bordean Spaccanapoli y nos encaminamos al Duomo a ver la sangre licuada de San Genaro, patrón de Nápoles.

cigarros

No pudimos ver la sangre por ningún lado pero sí su tumba y una capilla impresionante. Al salir nos colamos en una cafetería de nombre religioso más que nada para usar el baño y luego nos animamos a pedir café y los dulces típicos: Sfogliattela y Baba, que no pueden dejar de probar si visitan la ciudad. Vale decir que ni el café ni los postres valían igual si los tomabas en la barra a si te sentabas y la verdad que me pareció bastante caro el sitio. Luego en Sorrento volvería a probar estos dulces por menos dinero y mucho más sabrosos. Aunque estoy segura que en Nápoles habrá otros sitios donde los hacen de rechupete.

cafe

Atravesamos nuevamente el centro para ir hasta la Via Toledo, llena de comercios modernos que nunca me alegré tanto de ver, para ser sincera. Casi al final de la calle entramos en la Galleria Umberto I, que se encontraba en reparaciones, con la mayoría de los sitios clausurados, pero pudimos apreciar su bella cúpula de hierro. Seguimos camino al mar, pasando por el histórico Caffé Gambrinus, por el que pasaron Maupassant y Oscar Wilde, que es precioso, pero no teníamos hambre en ese momento y sólo chismeamos.

Caffe Gambrinus

Ya era de noche cuando llegamos a la Piazza Plebiscito, un sitio que me imaginé estaría animadísimo, pero no había un alma por todo aquello. Frente estaba el Palacio Real, construido para una visita de Felipe III que jamás tuvo lugar. Estaba cerrado.

Piazza Plebiscito

En ese momento no me di cuenta cuan cerca andábamos de Castel Nuovo. Me hubiera gustado pasar a ver el arco de triunfo. También vi luego que había pasado por el Teatro San Carlo, en el que cantaron Rossini y Carusso y ni me enteré. Ya estaba un poco cansada y no lograba relajarme paseando por Nápoles, lo confieso. Hacía mucho que no tomaba vacaciones y definitivamente necesitaba un sitio tranquilo para pasar estas. No dejé de caminar por la ciudad pero todo el tiempo andaba alerta.

Sin hambre todavía, tomamos el mismo camino de regreso al hotel, con parada en un bar para tomarnos unas cervezas y sentarnos un rato. Al llegar a nuestra habitación caímos rendidos y a la mañana siguiente, después de otro desayuno divino, comenzamos a averiguar cómo irnos a Amalfi. Nos ayudó una chica estrella de la recepción que hasta nos llamó el taxi. No sin antes advertirnos bien cuánto debía cobrarnos. No más. En ese momento me sentí en México.

Dejé de ver muchísimas cosas en Nápoles, lo sé, más no creo que regresaré. Cuando volvíamos de Sorrento estaba un poco renuente a pasar las horas que me quedaban en Italia allí.
Lo peor de todo son los grafitis por todas partes y ese sabor a lo peor de La Habana Vieja, aunque no puedo negar que se me endulzaba el corazón viendo a las viejitas caminar en bata de casa y chancletas con su bolsita de mandados por la calle. Es una ciudad que me cautiva pero de lejos.

viejita